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                         EL SUEÑO DE LUIS

 

 

Érase una vez...

—Mamá, mamá, nos vamos de acampada. Me han dicho en el cole que si me das permiso, podré ir. ¿Me dejas, me dejas...?

Luis daba saltos alrededor de Auxi, su madre, sin parar de hablar y alborotando las palabras.

—Por favor, tranquilízate. No me entero de nada. A ver, siéntate aquí y dime lo que pasa.

El pequeño Luis, colorado hasta las orejas y con voz gritona, hizo caso a su madre y se sentó dispuesto a empezar la charla:

—Toma, me lo ha dado la profe. Es el papel que tienes que firmar para poder ir a una acampada en Artenara. Iremos en tiendas de campaña y podré llevar a dos personas y a una mascota. ¿Puedo llevar a Manny? ¿Podrán venir mis primos? Vamos a hacer excursiones y veremos las cuevas que hay por allí. Es dentro de una semana. ¿Me dejas?¿me dejas? Firma el papelito y mañana lo llevo. Porfi, porfi.

Auxi, muerta de risa, leyó el escrito detenidamente y con agrado, firmó la autorización. Sabía que Luis era muy responsable. Sería bueno para él vivir esa experiencia ya que, aunque solo tenía cinco años, su forma de ser era la de un niño de más edad.

—No tengo que decirte como deberás comportarte. Harás caso en todo a la profesora y serás respetuoso con la naturaleza. De todas formas, a lo largo de esta semana, iremos hablando. Es la primera vez que sales solo de casa y tendrás que actuar como te he enseñado.

 El pequeño, con alegría, le dio un abrazo apretado y se fue hacia su cuarto para hacer los deberes. Después, como todos los días, metió en la hucha algunas monedas que le había regalado su tía Marita y contó el dinero. Estaba ahorrando para hacer un cohete y, por desgracia, le quedaba mucho por reunir todavía.

El Planeta Gliese 581g, era un exoplaneta; es decir no pertenecía al sistema solar. Se encontraba a veinte años luz de la Tierra. Estaba situado alrededor de la Estrella Roja Gliese 581 y en él habitaban unos seres encantadores de sonrisa fácil y simpatía natural. El Planeta tenía una peculiaridad y es que una mitad siempre estaba cubierta por la oscuridad y la otra tenía luz permanentemente. Por eso, los habitantes de cada lado cambiaban de casa cada seis meses. En la zona oscura dormían y recuperaban fuerzas para el cambio a la zona clara, en la que nadie pegaba ojo. Como todos se llevaban muy bien, no había problemas de ubicación. Se intercambiaban las casas y así cada familia podía disfrutar de los cambios de clima y luz de la zona.

La Señora Ila Glys hacía los preparativos para realizar la mudanza. Tenía dos hijos: Sí, de seis años y Claro, de nueve. Estaban en la parte oscura y había llegado la hora del cambio. Irían a casa de la Señora Igly. Su casa era preciosa y estaba muy bien orientada.

Sí, cantaba contenta metiendo las cosas en el cohete, mientras que Claro y su madre daban la bienvenida a la Señora Igly:

—¡Cuanto nos alegramos de verla! Espero que descanse y se recupere de sus días de claridad.

—Yo también querida. ¡Estoy agotada!, pero como su casa es tan cómoda, estos seis meses se pasarán en un abrir y cerrar de ojos. Jejeje.

 El cohete rojo y verde de la familia Glys, esperaba con el motor en marcha la entrada de los ocupantes. Con su propulsión a chorro, se lanzó con fuerza hacia su destino. Durante una hora todo se desarrolló sin contratiempos; pero de repente, uno de los paneles comenzó a lanzar una luz roja intermitente que señalaba una avería en los turbo propulsores. Ila, preocupada, se cercioró de la magnitud de la avería y al ver lo que ocurría, condujo a sus hijos a los asientos de seguridad y poniéndose el cinturón de emergencias, agarró las manos de los pequeños y cerró los ojos. El cohete, enloquecido, voló sin rumbo y a velocidad vertiginosa dando vueltas y haciendo cabriolas por el espacio.

La mañana amarilla y brillante despertó al pequeño Luis con el agrado de siempre. Sus ojos castaños reflejaban entusiasmo. —¡Llegó el día! —musitó bajito.

Auxi no tuvo que insistir en que se diera prisa ni en que se comiera todo el desayuno. Con la boca llena, abrió la puerta a sus primos Marta y Pablo que fueron a buscarle para ir juntos a la parada de la guagua. Allí le estaban esperando su padrino Iván con Manny y su tía Marita que le llevabas “chuches” para el viaje, metidas en una bolsa de colores.

Llegaron a Artenara a medio día y el paisaje envolvió de encanto las pupilas de Luis. Sus amigos charlaban y reían pero él, observaba con detenimiento hasta el más leve movimiento de las hojas de los árboles. En cuanto llegaron, Manny empezó a olisquear todo lo que se encontró a su paso. De vez en cuando ladraba y daba vueltas con alegría por poder realizar aquella excursión. Aunque su dueño no era Luis, éste lo quería muchísimo y existía una estrecha y amigable unión entre los dos. La vida de Manny cambió de rumbo desde el día en que Iván lo rescató de la perrera y pasó a pertenecer a una familia buena en la que se encontraba el pequeño Luis que, con su cariño, borró las penas del corazón del perrito.

Entre todos se pusieron manos a la obra para montar las tiendas. Como era verano, el tiempo acompañó al grupo de buen grado y entre risas y alegría se montó el campamento. Eligieron una zona en la que se contemplaba un paisaje espectacular: El Roque Nublo, El Bentayga y toda la cuenca de Tejeda rodeaba de magia la visión de los visitantes.

La tarde hizo su entrada y mientras los demás se quedaron en el campamento cantando y tocando la guitarra, Luis, Marta y Pablo, decidieron hacer una pequeña excursión por los alrededores. Aunque no tenían intención de alejarse demasiado. Sin darse cuenta caminaron más de lo planeado y se encontraron ante la entrada de una gran cueva que atrajo enseguida su curiosidad.

—¿Entramos? —dijo Luis sonriendo. —No sé, está oscuro —respondió Marta.

—Podríamos mirar desde la entrada —opinó Pablo asomando la cabeza.

—¡Qué gallinas! —respondió Luis. Venga, vamos. A lo mejor encontramos algo interesante.

Un poco recelosos, se fueron introduciendo en la oscura cueva. Encendieron sus linternas y alumbrando el interior, caminaron con cuidado entre piedras y arena cobriza. La cueva era grande y tenía varias oquedades más pequeñas en su interior. Caminaban despacio y muy juntos, intentando demostrar que no tenían miedo; pero aquella oscuridad y el silencio reinante no ayudaban mucho a mantenerlos tranquilos.

—Yo creo que ya hemos visto bastante. Aquí no hay nada —comentó Marta dirigiéndose a la salida.

—Venga, que esa zona de allí no la hemos visto —exclamó Fall Luis mientras bebía agua de su cantimplora.

—¡Eres pesadito! Un poco más y nos vamos —comentó Pablo.

Haciendo caso a Luis penetraron en el corazón de la cueva. Una de las linternas alumbró un pasillo estrecho en el que el agua corría por las piedras, emitiendo un murmullo extraño que hizo estremecer a los muchachos.

—Ahora sí que me voy —dijo Marta asustada.

—Espera. Mirad allí. Al fondo. Hay como un resplandor —comentó Luis extrañado.

Sin más, siguió caminando mientras sus primos le llamaban nerviosos. Decidido, siguió la dirección de la luz que le llevó a una enorme estancia. Entre las rocas y arena de aquella inmensa cueva se encontraban los restos de un artefacto destrozado que camuflaba los cuerpos de unos extraños seres que gemían y lloraban.

Luis, al ver aquel espectáculo, se acercó para ver qué pasaba.

La señora Ila Glys y sus hijos se acurrucaron entre sí al ver aproximarse al niño.

 —No os asustéis. No os voy a hacer daño. Venga, sin miedo. Ila se incorporó y los tres, recularon hacia la pared.

—Me llamo Luis y esos que vienen por allí son mis primos. ¿Quiénes sois vosotros? ¿Habláis mi lengua?

—Hablamos todas las lenguas. Mi nombre es Ila Glys y estos son mis hijos: Sí y Claro. Venimos del Planeta Gliese 581g y hemos tenido un accidente con nuestro cohete. No sabemos como hemos llegado hasta aquí. Llevamos varios días en este sitio. Necesitamos ayuda.

De los ojos de Ila brotaban lágrimas rojizas y su pequeño cuerpecito tembló entre su destrozada capa.

—¡Madre mía! ¡Sois extraterrestres! ¡Que pasada! —comentó Luis sin poder reprimir su entusiasmo. No os preocupéis. Os ayudaremos. ¡Tendréis hambre y sed!

—Teníamos provisiones para unos días y nos las hemos tomado ya. ¿De verdad nos ayudaréis?

—¡Por supuesto!

—Sí y Claro se fueron acercando a los muchachos. Éstos sacaron de sus mochilas bocadillos, chocolatinas y manzanas y haciendo un círculo alrededor del cohete se pusieron a merendar. Aquella comida encantó a los Glisenos, que nunca habían comido esos alimentos. A la señora Glys le extrañó la hospitalidad de los pequeños terrícolas. En su planeta creían que los humanos no eran buenos. Sabían que en la tierra existían guerras, odio y rencor; sentimientos desconocidos para ellos. Pensar que algún humano pudiera ayudarles escapaba a su entendimiento.

—Sólo necesitamos arreglar nuestro cohete para poder regresar a casa, —dijo Ila con tristeza.

—Un cohete. ¡Mi sueño! Estoy ahorrando para hacerme uno —comentó Luis admirando el tamaño y el porte de aquél. —Bueno... Ya se ha hecho muy tarde —dijo preocupado. Tenemos que regresar. Os dejamos agua y más bocadillos para la cena. Mañana estaremos aquí a primera hora y ayudaremos con el cohete. Se me olvidó preguntaros si estáis heridos.

—No, no te preocupes por eso. Llevamos siempre en nuestro botiquín la medicina de la Estrella Roja. Lo cura todo.

—Luis se echó a reír y con un gesto afectuoso, se despidió de los Glisenos.

—Camino al campamento organizaron su estrategia para que los demás no sospecharan nada y poder ayudar a los extraterrestres.

—¡Vaya aventura! —comentaban con alegría.

La noche acompañó el sueño de Artenara y muy temprano, al amanecer, se dirigieron a la gran cueva. Llevaban un montón de herramientas del conductor de la guagua, que habían guardado, a escondidas, en una bolsa. También disponían de comida y bebida en abundancia.

Cuando llegaron a la cueva, los nuevos amigos, ya habían empezado la reconstrucción del cohete. Sí, lanzó una miradita de coquetería hacía Luis y éste, aturrullado, miró disimulando hacia otro lado. La pequeña extraterrestre tenía una mirada azul extraña y profunda que gustó a Luis desde un principio. Claro, entregó unos planos del cohete al resuelto muchachito y los

demás ayudaron en lo que podían con el mayor interés; incluido Manny que colaboraba transportando cualquier cosa que le cupiera en la boca.

Ya habían pasado cinco días desde el encuentro y la relación de todos se había convertido en amistad. La señora Glys estaba emocionada con el comportamiento de los muchachos terrícolas y en su grabador de sensaciones, guardó todas las imágenes y sentimientos que tanto sus hijos como ella estaban experimentando en su estancia en la tierra. —Estábamos confundidos —grabó impresionada. ¡No todo en este planeta era maldad!

Luis fotografió a sus nuevos amigos para recordar siempre con nitidez el color de su piel clara, la intensidad de la mirada azul de la pequeña Sí y el menudo tamaño de sus cuerpos.

¡El cohete ya estaba listo! Durante una semana habían trabajado codo con codo Glisenos y terrícolas. El resultado no podía ser mejor. Con abrazos de ternura, se despidieron. La señora Glys regaló a Luis y a sus primos un tarro enorme de la medicina de la Estrella Roja y se subieron al vehículo.

Desde la gran cueva de Artenara, abierta al cielo, el cohete lanzó una gran llamarada y con energía se dirigió al espacio convirtiéndose, en segundos, en una pequeña luz entre las nubes.

Los tres, cabizbajos, emprendieron el regreso al campamento. Luis, buscando un chicle en su mochila, encontró una carpeta que decía:

INFORMACIÓN DETALLADA PARA CONSTRUIR EL GRAN SUEÑO DE LUIS. Al abrirla encontró: planos, anotaciones sobre fuselajes, dibujos de aletas, de guías de despegue, de porta motores, aros, retenes, ojivas, anillos adaptadores y muchos más datos, minuciosamente detallados, que explicaban las partes de las que estaba compuesto un cohete y la manera exacta de construirlo. En una bolsita pequeña se agolpaban varias monedas de oro y de otro metal precioso de gran valor. Luis, emocionado, dirigió su mirada al infinito y con una sonrisa llena de gratitud iluminó el camino de sus amigos. 

 

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Miren Mipetit | Respuesta 14.06.2013 23.37

Por favor, que emocionante y bonito !!!
Me encantan Beatriz !! Enhorabuena y que siga fluyendote toda esa imaginación y esa manera tan bonita de contarla. MIREN

alejandro | Respuesta 14.05.2013 12.15

Me encanta la estética de la página y de este cuento, si que veo que las cosas para los niños sí que son complicadas y nada sencillas, alejandro

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Comentarios

06.03 | 17:52

Estoy encantada con el Muñecuento que te encargué para Gabriela.
Sé que cuando lo tenga en sus manos quedará impresionada, y cuando escuche el cuento aún más.

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19.02 | 22:49

Enhorabuena, Beatriz !!! Lo que acabo de ver supera con creces lo que me habías contado!! Cuánta dulzura hay en esas caritas... y tantos detalles!! Qué lindos !

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29.10 | 23:29

mu bien, original y elegante. enhorabuena!!

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03.04 | 15:41

Muchas gracias, No pueden estar en mejor sitio, entre hadas y seres especiales. Un abrazo

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